Prefacio:
Hace ya algunos años cuando recién me iniciaba en el Velerismo de Crucero, un amigo mío me presentó una pareja de norteamericanos interesados en aprender a navegar a vela.Me sorprendieron con un barco nuevo, recién fabricado y comprado directamente al mismo fabricante; Catalina Boats. Pero mayor fue mi sorpresa, al darme cuenta que no tenían ni la más remota idea de cómo navegar a vela, ni mucho menos conocían de las artes para la navegación de una embarcación. Es decir: se habían embaucado por cuenta propia en la compra de un barco suficientemente grande como para una pareja de inexpertos, y con la ilusa idea que navegar, debía ser muchisísimo más fácil que coger un freeway, y así lanzarse a la Mar a recorrer el mundo.
Tristemente o alegremente, según quiera verse, el velerismo de crucero así es. Está más compuesto e integrado por poetas y soñadores, que por marinos de verdad. La lista de marinos soñadores pudiese resultar enorme.., de rápido me vienen a la mente: Los Pardeys, B. Moitessier, Peter Blake, Justin Scott y hasta el mismo Pirata Dampier. Queriendo decir que entre estos poetas y soñadores han existido seres que también han sido grandes marinos. Lo que trato de señalar es que muchos de los incautos que compran un velero de crucero, tarde que temprano terminarán más que arrepentidos al despertar de sus sueños con una realidad ineludible, y cuando ésta realidad no cace con las alegres expectativas de solo “montarse” al viento e ir a por el mundo de un bocado. Pretendiendo evitar el enfrentar una pirámide enorme de conocimientos, preparación física (relativa) y gran preparación psicológica y mental.
En Bahía de Tortugas mientras aguardábamos la venida de una ventana de buen tiempo, vimos repetirse la misma escena un par de veces:
Llegó a cargar combustible un velero de casi 50’ pies. A juzgar por el fabricante del barco, el estado del mismo y la carísima pintura del casco, hubiésemos asumido eran expertos marinos. Salvo por una excepción… Tomaron la boya de señalización de la baliza que marca una roca: ¡Y se amarraron de ella! Uno puede pensar que estas cosas pasan de vez en vez, de vez en cuando y de vez en año. Pero no; no había pasado una semana, cuando otro lujoso yate; uno de motor; hizo exactamente lo mismo. Salvo que ésta ocasión, la boya cedió, y el yate garreando fue a parar a media bahía, junto con la panga del abastecedor, y por supuesto la panga: ¡Abasteciéndolo!
En la travesía de crucero, buena parte de los marinos buscan la aventura de playas y lugares desolados o casi desolados, mas también en diversas ocasiones, habrán de servirse a tratar de satisfacer necesidades o reparaciones ante las limitaciones de la población y de los servicios de ésas minúsculas bahías, playas y puertos.
Aún cuando la tecnología, comunicaciones y transportes han llegado ya a casi cualquier punto de la tierra, el modo de vida del habitante urbano, aún la del marinero, es abismalmente distante a la de las formas de supervivencia de la gente moradora de playas inhóspitas y casi silvestres. Hay carencias tan simples como la de farmacias bien surtidas, abasto de agua potable, abasto de combustibles, refaccionarias marítimas, talleres mecánicos o eléctricos ó hasta de ducha o lavandería.
En ésta última travesía, hube de verme en la necesidad de pedir un largo y complejo raite de varias horas. Cargando a cuestas tanto de ida como de vuelta 2 bidones para agua, 2 bidones para combustible, mi laptop y una poca de ropa de recambio. Además ya estando en puerto, hube de viajar 120 kilómetros de ida y vuelta para acceder a un banco y a un servicio de mensajería, quedarme en un pequeño hotel sin servicios de alimentación, y cargar nuevamente de raite todos los insumos adquiridos en tierra. Al retorno sumaban 105 kilogramos de líquidos; agua, diesel, aditivos y aceite, dos grandes bolsas con víveres y mi backpack repleto de partes de repuesto y herramientas provenientes vía dicha mensajería terrestre desde el puerto de Ensenada. Crucé en panga de extremo a extremo la Bahía de Santa María, luego fuimos transbordados por tierra en un remolque (panga incluida) a Bahía Magdalena. Ahí iniciamos otro recorrido; hicimos una primera escala en Isla Magdalena, cruzamos toda la “Mag´Bay” hasta San Carlos, y ya ahí nos internamos por un estero a donde los pescadores descargan el fruto de lo pescado. Fue exactamente el mismo itinerario para el retorno, salvo que por el peso que yo llevaba a bordo, quedamos varados en la playa al ya ser desembarcados en Bahía de Santa María, teniendo que aguardar por espacio de varias horas el favor de la marea para desvararnos, luego; justamente a proa, tuvimos que enfrentar fortísima marejada, mi laptop, ésta misma a la cual ahora le miro la pantalla, guarda tremenda cicatriz en el monitor, pues aún llevada de manera segura en mi backpack a mis espaldas, la presión por el golpeteo de los contenidos, terminó por dañarle la pantalla.
Toda visión romántica del cualquier velerista medio artista o medio poeta, es arrancada de cuajo cuando las partes mecánicas o motrices llegan a fallar, cuando hay que internarse en lo desconocido de un componente mecánico al igual que en tierra “inhóspita”; acompañado de personas y personajes aún más desconocidos, cuando hay que desentrañar una madeja de trámites logísticos para hacernos llegar un pequeño repuesto o medicina proveniente de miles de kilómetros de distancia.
El velerista de crucero, es por naturaleza aventurero; aventurero de sueños que con la distancia de las millas recorridas transforma ilusiones en realidad. Mas también debe ser además de soñador; buen mecánico, buen electricista, buen navegador y todo un experto en improvisación logística. Debe estar perfectamente entrenado en el uso de las computadoras, gadgets y programas, así como tener buena capacidad de lectura y prognosis meteorológica. Aún más; debe ser valiente, elevadísimamente paciente; sobre todo ante la espera de mejores condiciones atmosféricas. Debe ser estoico a resistir fríos climáticos, y fríos de fuertes vientos empapado hasta el tuétano. Debe ser atento al detalle de los sentidos; un nuevo sonido en nuestro mástil, en nuestra quilla, en nuestra máquina o en nuestra propela, un aroma o cambio de temperatura en el olor del viento, un mínimo destello en la oscuridad, pueden hacer la diferencia entre el éxito o el fracaso de nuestro viaje. Debe ser ingenioso y habilidoso con manos y dedos, debe saber guardar y mantener el equilibrio en dos gravedades, en cuatro y cuando sea necesario hasta en seis gravedades; sabiendo apoyarse en codos, rodillas y pies, mientras labora con la mente y con las manos.
La mayoría de las publicaciones disponibles, nos embelesa con sus descripciones de matices y colores, nos maravilla con las magias del folclor de los pueblos, nos empapa el gusto con los diferentes aromas y sabores de los vientos; olores a tierra húmeda en las zonas de lluvia tropical, a azúcar quemada en los istmos de América Central, a marisma terral por las noches, a tierra seca en los nocturnos vientos terrales de la Península Bajacaliforniana, a helor cuando avecina el Frente Frío. Pero en verdad nadie nos habla de la otra cara de la moneda; nadie nos cuenta del terror que sería perder el ancla en una noche de tormenta, en un fondeadero limitado por entre afilados riscos. De lo estúpidamente doloroso que sería perder nuestra vitualla en un absurdo vuelco dado por el golpe de una ola a nuestro bongo. De lo terriblemente incómodo que es cocinar algo; algo así como cualquier cosa ya sea hervir un poco de agua en una noche con marejada, cuando lo que urge es un café o un chocolate caliente, o simplemente rebanar tomate, queso y cebolla para un simple y vulgar sándwich.
No quiero desanimar a poetas y soñadores, pero hay que ser realistas, para ser navegante, aún velerista, hay que estar muy formalmente preparados para enfrentar la múltiple diversidad de escenarios a los que está expuesto el marino explorador. Ser buen velerista de bahía o de regatas, no es suficiente, en muchas ocasiones habremos de alternar en el modo: motor-vela, un arte más del velerismo del que debemos conocer. Dos o tres décimos de nudo de ganancia, pueden implicar de 7 a 10 millas náuticas más navegadas al final de la jornada, muchas veces distancia suficiente para arribar al abrigo de una buena rada, o en diferencia: padecer por horas un temporal ante la imposibilidad poder entrar con seguridad a fondearnos en un puerto.
Es fácil dejarnos llevar por los sueños que otros grandes marinos hicieron realidad con mucho menos recursos de los que hoy disponemos. Es fácil creer que si Colón descubrió América o Magallanes dio la vuelta al mundo con un simple sextante y un compás, nosotros con un GPS, un chartplotter, una ecosonda y un radar los podemos superar. Debemos conocer profundamente y perfectamente el uso de las herramientas modernas; al igual que Colón y Magallanes conocían de las suyas; ante la aparente seguridad que nos brindan, es muy fácil equivocarse en su uso. Otro factor es la dependencia; cuando por alguna razón perdemos la disponibilidad de nuestros navegadores electrónicos; debemos estar perfectamente entrenados para reemplazarlos instantáneamente por métodos más tradicionales.
Con este prefacio no quiero desanimar a nadie, por el contario; páginas más adelante trataré de describir la singular belleza de mi última travesía haciendo la Península Bajacaliforniana de Sur a Norte, conocida también por su dificultad como la “Baja-Bash” (“La Paliza de la Baja”). Mi propósito fundamental es que la lectura de estas líneas no solamente resulte agradable; sino también pueda servir de herramienta a otros y a otras poetas-marineros, que como yo amamos navegar.
JF.
-Equilibrium; John Reistetter III-
Yanni -The Storm- Yanni Live The Concert Event. (hazle clic).